02 de Agosto 2014
Puntos de vista
Por Bezale Berger
2011-11-01 21:40:57
Una espina clavada
 
Dicen que para que deje de atormentarte algún recuerdo, es necesario desahogarte y contar aquello que, pese al paso de los años, sigue incomodándote.
Permítanme contarles algo que pasó en los años 1974 o 75.
En esos años, don Juan Maldonado Pereda fungía como alcalde y el firmante, secretario de la comuna.
Fuimos artífices para lograr que una nave de pasajeros arribara a esta ciudad cada quince días. Partiendo de Nueva Orleans a Veracruz, pernoctaba una noche y al día siguiente elevaba anclas para dirigirse a Cozumel. La nave se llamaba Freeport.
En esos años, mi dilecto y siempre añorado amigo, don Dionisio Cos Vega era director de Gobernación. Ninguno de los dos tenía nada que ver con el turismo, pero la ventaja de hablar inglés nos hacía imprescindibles en todo aquello que oliera al idioma de Shakespeare.
Igual teníamos que ver con trasatlánticos, que con la Regata Amigos. Con los bomberos de Houston, que inaugurar vuelos a esa ciudad vía Texas International. Servir de intérpretes en las muchas veces que hubimos de traducir en vivo y a todo color, los floridos discursos de nuestro alcalde.
Por cierto, y sin que tenga que ver con lo que ahora comentamos, déjenme hacer un paréntesis y relatarles una anécdota ocurrida al término de un carnaval. En aquellos festejos había participado una banda de música de una escuela norteamericana que partiría al día siguiente. Quiso el alcalde pasar a despedirlos y agradecerles su participación. En su mensaje y con un lenguaje elegante y florido, narraba el primer viaje de Cristóbal Colón y palabras más o palabras menos, dijo… sus naves, en busca de lo ignoto insuflaron sus velas al viento y partieron hacia lo desconocido, surcando mares procelosos con la sempiterna esperanza de alcanzar la gloria. Ante esta hermosísima frase, pero casi imposible de traducir, al menos para mí, me limité a decir… and the ships sailed,.. y las naves partieron. El alcalde sorprendido ante lo corto de la traducción, volteó a verme y preguntó, ¿ya? Asentí con la mirada y asi seguimos.
Antes de terminar le expliqué al público que nuestro orador tenía una riqueza de lenguaje que mis escasos conocimientos no permitían traducir con la riqueza de vocablos que se merecían, y por ello, solo traducía la idea, pero que les solicitaba un fuerte aplauso a su término. Así ocurrió y el alcalde al darme las gracias por el apoyo, cándidamente me dijo.…les gusto ¿verdad?, dije que sí, pero suspicaz como es y con toda la sorna del mundo me comentó… voy a aprender inglés.
Volviendo a nuestra historia, el presidente de la naviera era un cubano radicado en Miami que se enamoró de Veracruz y en agradecimiento a las atenciones que les prodigábamos, se le ocurrió rebautizar la nave con el nombre de Veracruz y como su puerto de origen era Nueva Orleans, tuvimos que ir a la ceremonia de abanderamiento.
Todo estaba muy bien. El barco iba y venía lleno. De vez en vez cenábamos a bordo y en ocasiones varias, platicamos con el capitán para lograr que la gente de Veracruz pudiese subir a abordo y cenar en el buque. Nunca lo logramos porque el sindicato de meseros a bordo era muy estricto en cuanto al número de comensales, pero además, los horarios tampoco lo permitían. El primer turno para cenar era a las 17.30 y el segundo a las 19.00. Nadie en nuestra cultura cena a esas horas, fuera de eso, las relaciones eran sumamente cordiales.
Buscando impulsar el turismo y desde luego vender más pasajes, al presidente de la línea se le ocurrió aprovechar los conciertos de la Orquesta Sinfónica de Xalapa para ofrecer un concierto de gala exclusivo para los pasajeros de la nave en el recinto del teatro Clavijero.
La empresa contrató a la orquesta, se escogió el programa y se fijò fecha y hora. La Casa Domecq nos ofreció un vino de honor para ser servido en el intermedio y después del concierto. El teatro Clavijero apartó la fecha y la empresa vendió la travesía con el aliciente de un concierto de gala exclusivo para ellos.
Debe aclararse que los norteamericanos cuando asisten a un concierto y máxime si es de gala, se visten acordes con la ocasión y visten sus mejores atuendos.
En ese entonces no había empresas que alquilaran autobuses y si las había nosotros no lo sabíamos, así que hicimos lo de siempre, alquilar autobuses del servicio urbano para transportar del muelle de la T al teatro Clavijero a los setecientos y pico de pasajeros que en ese viaje se transportaban.
Se habló con la señora Pastora, secretaria ejecutiva de Don Pedro Ajas, se mandó el memorándum respectivo y todo estaba listo para que en la fecha precisada, cinco y media de la tarde, los autobuses estuvieran esperando a los pasajeros de la nave.
Después de las cinco, empezó a bajar el pasaje y Nicho y el que esto escribe vimos con espanto que los autobuses brillaban por su ausencia. Llamamos a la oficina de Don Pedro, la señora Pastora simplemente nos dijo que había olvidado el acuerdo, que el memo se había traspapelado y que no podía mandar ningún camión. Tratamos de conseguir taxis, pero era imposible transportar esa cantidad de gente. Hablamos a los autobuses foráneos y ninguno pudo darnos la mano.
Finalmente una pequeña parte de la Sinfónica se trasladó al barco y amenizó la cena, que por el tamaño de su comedor y la cantidad de comensales y músicos hubo de servirse en tres turnos.
El Cubano estaba furioso y con toda razón. Los americanos son muy delicados en cuanto a lo que se les ofrece y si el viaje se vendió con concierto de gala en un teatro así tenía que ser. No se conforman con nada menos de lo que habían pagado. El pobre hombre estaba preocupado y muy desilusionado por la falta de responsabilidad y lo que él llamó, justificadamente, descuido nuestro.
Nunca más supimos de él ni del barco. Jamás regresó.
Esa espina la traigo clavada en el fondo de mi alma porque en mi confianza y lo reiterado del alquiler de autobuses, descuidé una regla de oro de mi jefe. Checar y volver a checar.
La vergüenza de ver a los pasajeros engalanados esperando la llegada de los transportes y que estos no se presentaran es algo que sigue causándome escozor, vergüenza y coraje contra mí mismo.
Dicen que no tiene la culpa el indio sino quien lo hace compadre y confiar en irresponsables no tiene perdón. Créeme lector que han pasado 35 años y la amarga experiencia me sigue molestando.
Realmente ignoro si ese fracaso fue la causa de que la línea suspendiera sus viajes. Quizá sí, quizá no, pero a mí me duele igual.
Hoy quise relatarte esta historia porque allá en el fondo del corazón tengo clavada una espina por haberle fallado a mi jefe, a un amigo, como lo era el Cubano y a esta ciudad que tanto quiero. Si el tiempo modera u olvida los errores, espero que esta pública confesión alivie la vergüenza y coraje que me causó y sigue causando ese descuido.
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