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Chihuahua: Multisecuestros, el sello de “La Línea”
 
El 29 de julio un grupo de desconocidos se llevó a su hijo Mario Alberto Ibarra Rascón en el municipio de Cuauhtémoc, Chihuahua. Desde ese día Mario Ibarra Rodríguez, de 68 años, comenzó a recorrer las cantinas de la localidad con la esperanza de encontrar a su vástago
Redacción - 2012-01-09 08:38:44 - Proceso / AGENCIA IMAGEN DEL GOLFO
 
El 29 de julio un grupo de desconocidos se llevó a su hijo Mario Alberto Ibarra Rascón en el municipio de Cuauhtémoc, Chihuahua. Desde ese día Mario Ibarra Rodríguez, de 68 años, comenzó a recorrer las cantinas de la localidad con la esperanza de encontrar a su vástago.

Noche a noche, bebido y al borde de la desesperación, soltaba sus invectivas: “¿Quiénes son los sicarios que tienen a mi hijo? ¿Díganme qué quieren, hijos de la chingada?”. Y añadía: “Vendo mi rancho, lo que sea, pero déjenlo libre”.
Tras dos semanas de búsqueda, una de esas noches un hombre joven se acercó a don Mario y le dijo en tono amenazante: “Deja de buscar. Te vamos a cargar con toda tu familia. Las cosas funcionan como nosotros queremos”. Dos días después Mario Ibarra desapareció de su propio domicilio con dos de sus hermanos: Artemisa y Jorge, que estaban de visita. Eso pasó hace cinco meses.

En Cuauhtémoc los sicarios de La Línea –grupo armado del cártel de Juárez que según los habitantes ya dominan la zona– han optado por secuestrar a familias completas. Hoy, al caso de Mario Ibarra Rodríguez se suma el de la familia Muñoz:

El 19 de junio, durante los festejos del Día del Padre, un grupo armado irrumpió en su casa y se llevó al jefe de familia, a cuatro de sus hijos, a dos sobrinos y a su yerno. Las mujeres siguen en espera de sus hombres.

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Los Ibarra Rodríguez aseguran que tres meses antes del secuestro de su sobrino Mario Alberto Rodríguez Rascón, desapareció en Guadalajara su hermano Aristófanes Ibarra Rodríguez, un exitoso empresario de palenques avecindado en Los Ángeles, California.

Relatan que el 12 de abril último Aristófanes, su socio Gonzalo Nava, un amigo originario de Colima y un joyero que solía venderle artículos para regalo, departían en el bar La Bola de Oro de la capital tapatía. Los cuatro presenciaron cuando un hombre armado ejecutó a un parroquiano llamado Gerardo Valencia.

Abandonaron el lugar y se fueron al hotel Misión Carlton, donde se hospedaba Aristófanes; en el camino pasaron a un súper a comprar una botella de güisqui para seguir bebiendo. Ya en su habitación Aristófanes se comunicó con sus familiares de Chihuahua y les platicó el incidente.­

Les comentó también que eso no alteraba sus actividades y les adelantó que volaría a Los Ángeles dos días después, previa escala en Tijuana. Pero no llegó a su destino. Una semana más tarde su hermana Artemisa viajó a Guadalajara y se dirigió al Misión Carlton.

El personal del hotel le notificó que la habitación seguía corriendo y le permitieron la entrada. Ahí Artemisa encontró las pertenencias de Aristófanes junto con la botella de güisqui y el ticket de compra que marcaba las 22:20 horas del 12 de abril.

Por la hora en el ticket y los testimonios de los empleados del hotel, la familia Ibarra calcula que Aristófanes fue sustraído de su cuarto a las 11 de la noche de ese mismo día: un par de hombres subieron a la habitación y salieron poco después acompañados por Aristófanes; nunca emplearon la violencia.

En su declaración Gonzalo Nava relató que los plagiarios tocaron la puerta de la habitación y Aristófanes los recibió y se fue con ellos: “Ahora vengo –les dijo a él y al joyero–, voy con estos amigos”. Como no llegaba, Gonzalo se fue a dormir a su propia habitación. Al día siguiente dejó el hotel.

Al presentar su denuncia ante la procuraduría jalisciense por la desaparición de Aristófanes (queja H2008/2009), Artemisa se enteró de que el joyero también estaba desaparecido; dos días después ella y sus hermanos supieron que el amigo colimense de Aristófanes también había sido secuestrado.

Los Ibarra Rodríguez se dicen sorprendidos porque el único de los cuatro que sigue con vida es Gonzalo. “Él sí tuvo tiempo de irse”, señalan.

La búsqueda

Entre abril y mayo Artemisa Ibarra envió una carta a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos en la que pedía apoyo para que localizaran a Aristófanes. La CNDH le respondió que “revisará el caso” de su hermano. La notificación llegó al domicilio de Artemisa en agosto, dos días después de que ella misma desapareciera junto con su hermano Jorge y su padre.

Semanas antes, el 9 de junio, los Ibarra Rodríguez se unieron a la Caravana del Consuelo que visitó entidades del centro y el norte del país con el escritor Javier Sicilia a la cabeza; Artemisa participó incluso en los diálogos. Aristófanes no sólo no desapareció sino que uno de los hijos de su hermano Mario, Mario Alberto Ibarra Rascón, fue plagiado el 29 de julio.

La tristeza y el alcohol comenzaron a consumir a don Mario. Sus hermanos aseguran que estaba muy mal de salud, por eso cuando supieron que había recibido una amenaza en una cantina de Cuauhtémoc, Artemisa y Jorge fueron a visitarlo. Llegaron el 11 de agosto.

Al día siguiente, cuando sus familiares fueron a la casa de don Mario, ninguno de los tres se encontraban ahí; tampoco la camioneta Grand Cherokee 2001 del propietario del inmueble ni la cartera de Artemisa.

El día 15 los Ibarra Rodríguez interpusieron la denuncia ante la fiscalía estatal (6304-1621/2011) por la privación ilegal de la libertad de Mario Alberto, así como por la desa­parición de sus tres hermanos: Artemisa, Mario y Jorge (reporte 113/2011). Dijeron al fiscal Carlos Salas que una de las camionetas en que levantaron a Mario Alberto circulaba por Cuauhtémoc, conducida por El Águila. Las autoridades no actuaron.

Ante la falta de respuesta los Ibarra viajaron a la Ciudad de México en octubre para exponer su caso en la Presidencia de la República. El día 3 acudieron a la Dirección General de Atención a Víctimas, luego fueron a la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO), donde se negaron a recibir la denuncia porque, según el personal de la dependencia, no estaba claro que se tratara de un delito relacionado con el crimen organizado.

“Claro que no tengo una carta que diga: ‘Yo, crimen organizado, certifico que te estoy amenazando’, pero es muy obvio… Hay amenazas y amenazas cumplidas. Está comprobado que fue un levantón”, les respondió uno de los Ibarra, según relata a la reportera. Finalmente, por presiones de Atención a Víctimas, la SIEDO recibió la denuncia (PGR/SIEDO/UEIS/630/2011) y asignó el caso a la MP Illaely Gutiérrez.

Hasta ahora, dicen los hermanos Ibarra Rodríguez, en lugar de información de las autoridades sólo han recibido amenazas en las que les piden que ya le paren o habrá más secuestros de familiares.

–¿A que atribuyen los secuestros?
–pregunta la reportera a los Ibarra.

–La de Mario Alberto a su exesposa, quien lo abandonó hace un par de años y le dejó a su pequeña hija pero luego se arrepintió y se llevó a la niña. Mario entabló un juicio y ganó la patria potestad, pero la mamá se negó a entregársela. Una tarde al regresar de buscarla, él recibió un mensaje de texto en su celular que decía: “Te va a cargar la chingada…”

“Después nos enteramos que la mamá de la niña vive con una persona involucrada con La Línea”, dice uno de los entrevistados.

–¿Y en los casos de sus hermanos Mario, Jorge y Artemisa? –insiste la reportera.

–…Quizá los secuestradores se enojaron porque no dejaron de buscar a Mario Alberto… En la fiscalía estatal dimos todos los elementos para que pudieran dar con los secuestradores y no hicieron nada. No hay voluntad; hay complicidad; hay corrupción. Antes que a mis familiares, desaparecieron a ocho hombres de la familia Muñoz. Hasta hoy no se sabe nada de ellos.

–¿Hay esperanza de encontrar vivos a sus familiares?

–Aunque nunca pueda cerrar el ciclo, prefiero no encontrarlos. Espero lo peor, aunque me gustaría que la vida me sorprendiera.­

El caso de la familia Muñoz

El 19 de junio un grupo de hombres armados irrumpió en un convivio privado en Ciudad Anáhuac, sección municipal de Cuauhtémoc,­ en Chihuahua, y se llevó a ocho varones de la misma familia: Toribio Jaime Muñoz González; cuatro de sus hijos: Guadalupe, Jaime, Óscar y Hugo Muñoz Veleta; dos sobrinos: Luis Romo Muñoz y Óscar Guadalupe Cruz Bustos, así como al yerno de don Toribio: Nemesio Solís González.

Dos días después, el 21 de junio, un comando penetró al Centro de Rehabilitación de Adicciones en la Colonia Tierra Nueva, en Cuauhtémoc, y se llevó a cinco internos, a un trabajador y al director.

La familia Muñoz comenzó a ser hostigada en septiembre. En dos ocasiones preguntaron por Toribio Jaime y les dijeron: “¿A ti no te da miedo que te desaparezcan?”.­

Gabino Gómez, abogado del Centro de Derechos Humanos de las Mujeres y cofundador del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, asegura que solicitó medidas cautelares ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos para las familia Muñoz e Ibarra Rodríguez.

–¿Qué está sucediendo en Cuauhtémoc? –se le pregunta.

–Cosas graves. Sólo en 2011, de acuerdo con información de la fiscalía estatal, desaparecieron 91 personas. La región de Anáhuac es una seccional del municipio de Cuauhtémoc donde los comandantes y las policías seccionales están controlados por el narcotráfico, en concreto por La Línea.

“Igual que las comandancias de las policías de otros municipios de esa región del noroeste del estado. No hay un presidente municipal que tenga el mando de sus policías, porque el que manda es el crimen organizado.”

(Proceso)

 

 
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